La Tierra, un planeta que está vivo
Cuando
miramos a nuestro alrededor no es difícil darse cuenta de que el mundo en el
que vivimos está en constante cambio. Y es que vivimos en un mundo delicado
sustentado por una serie de equilibrios, que, si cambian o se ven alterados, se
van a desencadenar grandes cambios que en algunos casos pueden llegar a ser
catastróficos y afectar a todo el planeta. El problema del Calentamiento Global
es un claro ejemplo de ello, pero no el único.
Figura 1: Cambios de temperatura registrados en la Tierra desde el año 1881 hasta el 2015. Obtenida de: https://es.gizmodo.com/2015-ha-sido-con-diferencia-el-ano-mas-caluroso-desde-1754048654
Una
cosa nos queda clara, y es que la Tierra
es un planeta que está vivo. En él, podemos observar una tectónica de
placas activa que hace que todo en su superficie cambie constantemente, como,
por ejemplo, que las montañas se eleven o desaparezcan, que surjan nuevas
formas de relieve, que los océanos se abran o se cierren, etc. Y, además, se
sabe que la Tierra es un planeta único en muchos aspectos. Un ejemplo de este
hecho es que es el único planeta
tectónicamente activo que conocemos, aunque existen evidencias que indican
que Marte pudo haberlo sido en el pasado y que Venus lo es, pero no de la misma
forma. De hecho, la tectónica terrestre actual, basada en la existencia de numerosas
placas tectónicas que se mueven lentamente y colisionan unas con otras, no es
el único tipo de tectónica que se conoce, ya que incluso nuestro planeta pudo
no haber tenido siempre una tectónica así.
Figura 2: Placas tectónicas que forman la litosfera terrestre (modificado a partir de USGS).
Los
datos que se han obtenido del registro rocoso indican que hace 3.800 millones de años (Ma) la primitiva
corteza terrestre era mucho más fina y mucho más caliente que la actual,
lo que sin duda habría significado un comportamiento mucho más dúctil y una
mayor pérdida de calor al espacio. Algunos autores creen que en un primer
momento toda la corteza era una única placa que se fue rompiendo poco a poco,
pero hay otros autores que creen que en el Arcaico lo que teníamos era una
tectónica de microplacas, con las deformaciones afectando a toda la corteza y
no solo concentrándose en los bordes de placa, que es lo que tenemos hoy en
día. En cualquier caso, y al igual que ocurre hoy en día, el motor que mantenía
activa la tectónica del planeta debió ser sin duda el calor interno de la
Tierra, que en buena parte procede de la desintegración radiactiva
de los radioisótopos existentes. Todavía queda mucho por conocer de los
primeros millones de años de vida de nuestro planeta, pero lo que sí se sabe,
gracias al registro rocoso, es que con el comienzo del eón Proterozoico (2.500 Ma) ya se estableció la
tectónica que tenemos hoy en día, un cambio que nos demuestra con
claridad cómo incluso algo aparentemente estable como es la tectónica del
planeta no ha permanecido invariable a lo largo de su larga historia geológica.
Un claro ejemplo de que nada es eterno
en la Tierra.
Uno de los aspectos más llamativo que demuestran que el planeta está vivo es el modelo actual de la Deriva continental. Ahora ya no tenemos dudas acerca de que los continentes se mueven, algo que incluso la sociedad en su conjunto tiene asimilado. Pero hubo un tiempo no muy lejano en el que fue muy difícil asentar esa idea de que los continentes se movían y de que la superficie de la Tierra era más dinámica de lo que parecía por su aparente rigidez. De hecho, fue necesario mucho más que la palabra de Wegener para que esa idea fuera aceptada por la comunidad científica, una prueba más de que la ciencia no siempre avanza todo lo rápido que se suele creer.
Figura 3: Teoría de la Deriva continental y Alfred Wegener.
El nombre de Pangea ya no es desconocido para la sociedad general. En la actualidad prácticamente todo el mundo ha oído hablar de él y sabe que se trata del nombre que han puesto los geólogos al supercontinente del que Wegener encontró numerosas pruebas, que agrupó en sus cinco argumentos (geodésicos, geofísicos, geológicos, paleontológicos y paleoclimáticos).
Figura 4: Desde Pangea hasta la distribución de continentes de hoy en día. (J. Besse 1995).
Lo
que ya no es tan conocido por la sociedad no especializada es que Pangea no ha
sido el único supercontinente que ha habido en la historia de la Tierra, sólo
el último. Y es que Wegener no lo sabía, pero lo cierto es que a lo largo de la
historia del planeta hemos vivido varios momentos de colisión continental
generalizada que han llevado a la formación de un total de al menos cinco supercontinentes. Estos
supercontinentes son, de más antiguo a más moderno, Kenorlandia (2.700 Ma), formado a
finales del Arcaico por la Orogenia Kenóxica, que además marca también el
cambio de la tectónica primitiva a la actual; Nuna o Columbia (1.700 Ma), formado
por las orogenias Hudsoniana y Karélida en un momento en el que ya existían
organismos eucariotas en el planeta; Rodinia (1.100 Ma), posiblemente uno de los más conocidos pero a
la vez más controvertidos en cuanto a su forma; Vendia o Panotia (670 Ma), en el
límite del Neoproterozoico-Fanerozoico, cuando surgieron los primeros
organismos pluricelulares de la fauna ediacarense, que duró muy poco al empezar
su ruptura antes de que hubiera terminado de configurarse; y Pangea (300 Ma), el último y más
conocido de todos, formado por la Orogenia Varisca durante el Carbonífero, con
la Península Ibérica en su núcleo. En el siguiente video se puede observar una
reconstrucción de cómo han sido estos supercontinentes y el resto de fragmentos
continentales que creemos que ha habido en el planeta desde que existe una
tectónica activa.



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